Rodríguez fraguó un sistema pleno de sensibilidad social, de justicia, de altura ciudadana. Es el creador del andamiaje de la esperanza
“Nada importa tanto como el tener pueblo, formarlo debe ser la
única ocupación de los que se apersonan por la causa social”
“Bueno es que el hombre tenga; pero primero pan que otra cosa.
Saber sus obligaciones sociales es el primer deber de un Republicano
— y la primera de sus obligaciones es vivir de una industria que no
le perjudique, ni perjudique a otro, directa ni indirectamente”.
Alí
Ramón Rojas Olaya
Simón
Rodríguez es más que una efeméride. El 28 de octubre de 1769 nació
en Caracas como expósito. No en 1771 como señalan algunos libros.
No era loco como suelen decir algunos de sus biógrafos. No se
desnudaba para enseñar anatomía. Su obra no se circunscribe solo a
la educación porque su legado es eminentemente político. No fue
solo “el maestro de Bolívar”. No era roussoniano: Bolívar no
fue su Emilio. De hecho entre 1793 y 1795 enseñó en la Escuela de
Primeras Letras y Latinidad a 114 muchachos, entre ellos Mariano
Montilla, Pedro Gual, Carlos Soublette, José María Pelgrón Pardo y
Simón Bolívar. Su obra no era producto del azar, es decir, no
andaba por allí con una moneda preguntándose ¿inventamos o
erramos? Sobre este punto era categórico “la posibilidad es el
país de las vanas observancias, con ella fraguan los hombres
limitados sus enredos, y los imaginativos sus ficciones”. No
pertenecía al movimiento intelectual europeo de la ilustración,
aunque disipó las tinieblas de la humanidad. Pero, ante esta lista
de cosas que no era nuestro homenajeado: ¿Qué o quién, entonces,
es Simón Rodríguez?
El
12 de noviembre de 1825 Simón Rodríguez es designado por el
Libertador Simón Bolívar en Sucre, capital de la recién creada
República de Bolivia, “Director de Enseñanza Pública, de
Ciencias Físicas, Matemáticas y Artes; y Director General de Minas,
Agricultura y Caminos Públicos”. Estas altísimas y complejas
responsabilidades solo podía llevarlas a cabo una persona que
cumpliera con cuatro requisitos: el primero, que dominara las
dinámicas sociales y comprendiera el ejercicio del poder desde una
perspectiva revolucionaria y raizal. Segundo, que participara y
realizara una actividad sistemática para adquirir nuevos
conocimientos y que hiciera del método científico una herramienta
para la emancipación. Tercero, que forjara la conciencia de clase a
través de una pedagogía revolucionaria, y por último, que se
caracterizara por su amor al prójimo y se dedicara a trabajar por
todos y procurar su progreso y bienestar de manera desinteresada.
Rodríguez cumplía con las cuatro exigencias, es decir, era
político, científico, pedagogo y filántropo. No en balde Bolívar
lo llama “el hombre más extraordinario del mundo”.
El
legado escrito de Simón Rodríguez es crisol del alba
latinoamericano. Entre 1793 y 1853 escribió, entre cartas, informes
y tratados, la siguiente obra:
1.
Reflexiones sobre los defectos que vician la Escuela de Primeras
Letras en Caracas y medios para lograr su reforma por un Nuevo
Establecimiento, (1794).
2.
“Sociedades Americanas en 1828. Cómo serán y cómo podrán ser
en los siglos venideros. En esto han de pensar los americanos; no en
pelear unos con otros”, (1828 y 1842).
3.
El Libertador del Mediodía de América y sus compañeros de armas
defendidos por un amigo de la Causa Social, (1830).
4.
Observaciones sobre el terreno de Vincocaya con respecto a la
empresa de desviar el curso natural de sus aguas y conducirlas por el
río Zumbai al de Arequipa, (1830).
5.
Luces y Virtudes Sociales, (1834, 1840 y 1842).
6.
Informe presentado a la Intendencia de la provincia de Concepción
de Chile por Ambrosio Lozier, Simón Rodríguez y Juan José Arteaga,
nombrados por reconocer la ciudad de Concepción y sus cercanías
después del terremoto del 20 de febrero de 1835.
7.
Crítica de las providencias de Gobierno, (1843).
8.
Extracto de la obra “Educación Republicana”, (1849).
Sin
embargo, ni su nombre ni su obra aparece en muchas compilaciones,
diccionarios y enciclopedias sobre Ciencias Políticas, Filosofía,
Economía, Sociología, Antropología y Educación.
Rodríguez
va a Jamaica en 1797 huyendo de los españoles por participar en la
insurrección de Gual, España y Picornell. Allí aprendió inglés
en los cumbes de Nanny de los cimarrones y cambió su nombre por el
de Samuel Robinson. Después viviría en la sociedad esclavista de
Estados Unidos (1798-1799) y en la Europa de la Revolución
Industrial (1800-1823). Es testigo de la situación de la clase
obrera en Inglaterra. “El curso natural de las cosas es un torrente
que arrastra con lo que encuentra y vuelca lo que se le opone. Esta
fuerza es la que hace las revoluciones: los hombres que figuran en
ellas son instrumentos de la necesidad. Son actores, no autores”.
En
su largo período por Europa, Simón Rodríguez va a mantener diálogo
con científicos importantes, con socialistas utópicos, con
filósofos, escritores y músicos. Discute y oye los argumentos que
según algunos de ellos “descubren la verdad”. Rodríguez los
desafía mediante la exposición y confrontación de razonamientos y
argumentaciones contrarias. Rodríguez aborda los fenómenos
sociales, los estudia y los concibe siempre de forma dialéctica. Los
interpreta y los enfoca de manera materialista. La diagnosis que hace
de su tiempo es quizás la mejor definición de capitalismo que
exista: “La enfermedad del siglo es una sed insaciable de riqueza”.
Rodríguez concibe su obra escrita y su acción política dentro del
materialismo histórico como extensión de los principios del
materialismo dialéctico al estudio de la vida social. Aplica estos
principios a los fenómenos de la vida de la sociedad, al estudio de
ésta y de su historia, y propone en 1828 la Causa Social.
Esa
“sed insaciable de riqueza” de los otrora libertadores de América
que después de derrotar al último virreinato español en estas
tierras lo que hicieron fue usurpar a los antiguos dueños de los
medios de producción social, Rodríguez la desenmascara. Se
encuentra con una América cuyos espacios están mercantilizados,
todas las esferas inundadas por el valor de cambio, la producción es
dirigida a satisfacer las necesidades del mercado, la apariencia
social es presentada como realidad social, el modo de vida es
antiambientalista (separada y distanciada de la naturaleza), hay una
percepción de todas las cosas como consumibles.
Para
él las mujeres y “los hombres están en el mundo para
entreayudarse, no para entredestruirse”. El objetivo de su plan era
cambiar las terribles realidades de inequidad e iniquidad, que aún
persistían en las nuevas repúblicas. En sus palabras de filántropo:
“hacer menos penosa la vida”. Esto era posible a través de la
formación política: “Nada importa tanto como el tener pueblo,
formarlo debe ser la única ocupación de los que se apersonan por la
causa social”. Para lograr tal objetivo crea la Educación Popular
bajo dos premisas: dedicación a ejercicios útiles y aspiración
fundada a la propiedad. La primera es “instruir, y acostumbrar al
trabajo, para hacer hombres útiles”. Para la segunda premisa se
hacía necesario “asignarles tierras y auxiliarlos en su
establecimiento”. Sobre esto explica: “Está muy bien que los
jóvenes se instruyan: pero... en lo necesario primero. ¿Qué saben
y qué tienen los jóvenes americanos? Sabrán muchas cosas; pero no
vivir en República. Gozarán algunos de un caudal transmitido; pero
no serán todos capaces de adquirirlo. Bueno es que un soldado sea
instruido; pero lo que importa a su profesión es la ordenanza y el
ejercicio. (…) Saber sus obligaciones sociales es el primer deber
de un Republicano — y la primera de sus obligaciones es vivir de
una industria que no le perjudique, ni perjudique a otro, directa ni
indirectamente”.
Su vigencia es indiscutible: En 1828 dice: “Bueno es que el hombre tenga, pero primero pan que otra cosa”. En 1834 hace un análisis de su tiempo: “en el país de la abundancia ha llegado a hacerse sentir la escasez. Sería inútil describir el estado de algunos lugares: los que están en ellos, no necesitan ver pintado lo que sienten. El comercio de cosas es una cadena de muchos ramales”. El 2 de febrero de 1847 le escribe al coronel Anselmo Pineda desde Túquerres, República de la Nueva Granada, una carta donde describe con un conocimiento a profundidad de la importancia que para la cultura tiene la tierra: “La verdadera utilidad de la creación es hacer que los habitantes se interesen en la prosperidad de su suelo”. Luego arremete, “así se destruyen los privilegios provinciales”. Se refiere Rodríguez al latifundio, la mita, la esclavitud. Inmediatamente propone suplicando “¡ojalá cada parroquia se erigiera en toparquía! La denominación de algunas entidades subnacionales en diferentes países suelen ser las parroquias, centradas alrededor de una iglesia, no como casa para la espiritualidad, sino como polo de poder. Para Rodríguez toparquía significa poder de la gente de cada lugar que se plantea resolver necesidades concretas a partir de las potencialidades de cada espacio preciso. Continúa Rodríguez, “entonces habría confederación... ¡el gobierno más perfecto de cuantos pueda imaginar la mejor política!”. Habla acá el cimarrón sentipensante caraqueño de una confederación de toparquías, lo que podríamos llamar toparquismo. Para él “es el modo de dar por el pie al despotismo”, entiéndase, enfermedad que padecen quienes tienen “una sed insaciable de riqueza”. Fortalecer nuestra identidad a través de la cultura y aniquilar al capitalismo, dice Rodríguez, es posible “si se instruye, para que haga quien sepa y si se educa para que haya quien haga”. Porque de no hacerlo, “casas, lugares, provincias y reinos rivales, prueban mala crianza”, es decir, las viejas instituciones monárquicas y monásticas, la división en parroquias no tienen sentido en una nueva sociedad.
Rodríguez
define cultura como el “hábito de todos los pliegues y colores”
en el que mujeres y hombres, hermanados, enseñan “de palabra y de
obra” y cantan “el catecismo social con los pueblos”. En este
vastísimo sentido se puede afirmar que la cultura es el alma de los
pueblos. Rodríguez fraguó un sistema pleno de sensibilidad social,
de justicia, de altura ciudadana. Es el creador del andamiaje de la
esperanza. ¡Leámoslo y pongámoslo en acción, no solo los 28 de
octubre, sino en la cotidianidad de la Revolución!
Carta de Simón Bolívar a Simón Rodríguez
(19
de enero de 1824)
Al
señor don Simón Rodríguez
¡Oh
mi maestro! ¡Oh mi amigo! ¡Oh mi Robinson, Ud. en Colombia! Ud. en
Bogotá, y nada me ha dicho, nada me ha escrito. Sin duda es Ud. el
hombre más extraordinario del mundo; podría Ud. merecer otros
epítetos pero no quiero darlos por no ser descortés al saludar un
huésped que viene del Viejo Mundo a visitar el nuevo; sí a visitar
su patria que ya no conoce, que tenía olvidada, no en su corazón
sino en su memoria. Nadie más que yo sabe lo que Ud. quiere a
nuestra adorada Colombia. ¿Se acuerda Ud. cuando fuimos juntos al
Monte Sacro en Roma a jurar sobre aquella tierra santa la libertad de
la patria? Ciertamente no habrá Ud. olvidado aquel día de eterna
gloria para nosotros; día que anticipó por decirlo así, un
juramento profético a la misma esperanza que no debíamos tener.
Ud.
Maestro mío, que tanto debe haberme contemplado de cerca aunque
colocado a tan remota distancia. Con qué avidez habrá seguido Ud.
mis pasos; estos pasos dirigidos muy anticipadamente por Ud. mismo.
Ud. formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo
grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que Ud. me señaló.
Ud. fue mi piloto aunque sentado sobre una de las playas de Europa.
No puede Ud. figurarse cuán hondamente se han grabado en mi corazón
las lecciones que Ud. me ha dado; no he podido jamás borrar siquiera
una coma de las grandes sentencias que Ud. me ha regalado. Siempre
presentes a mis ojos intelectuales las he seguido como guías
infalibles. En fin, V. ha visto mi conducta; Vmd. Ha visto mis
pensamientos escritos, mi alma pintada en el papel, y Vmd. no habrá
dejado de decirse: todo esto es mío, yo sembré esta planta, yo la
regué, yo la enderecé tierna, ahora robusta. Fuerte y fructífera,
he aquí sus frutos; ellos son míos, yo voy a saborearlos en el
jardín que planté; voy a gozar de la sombra de sus brazos amigos,
porque mi derecho es imprescriptible,
privativo
a todo.
Sí,
mi amigo querido, Vmd. está con nosotros; mil veces dichoso el día
en que Vmd. pisó las playas de Colombia. Un sabio, un justo más,
corona la frente de la erguida cabeza de Colombia. Yo desespero por
saber qué designios, qué destino tiene Vmd.; sobre todo mi
impaciencia es mortal no pudiendo estrecharle en mis brazos; ya que
no puedo yo volar hacia Vmd., hágalo Vmd. hacia mí; no perderá V.
nada; contemplará Vmd. con encanto la inmensa Patria que tiene,
labrada en la roca del despotismo por el buril victorioso de los
libertadores, de los hermanos de Vmd. No, no se saciará la vista de
Vmd. delante de los cuadros, de los colosos, de los tesoros, de los
secretos, de los prodigios que encierra y abarca esta sombría
Colombia. Venga Vmd. al Chimborazo: profane Vmd. con su planta
atrevida la escala de los titanes, la corona de la tierra, la almena
inexpugnable del universo nuevo. Desde tan alto tendrá V. la vista;
y al observar el cielo y la tierra, admirando el pasmo de la creación
terrena, podrá decir: "dos eternidades nos contemplan: la
pasada y la que viene; y este trono de la naturaleza, idéntico a su
autor, será tan duradero, indestructible y eterno como el Padre del
Universo."
¿Desde
dónde, pues, podrá decir Vmd. otro tanto tan erguidamente? Amigo de
la naturaleza, venga Vmd. a preguntarle su edad, su vida y su esencia
primitivas; Vmd. no ha visto en ese mundo caduco más que las
reliquias y los desechos de la próvida Madre. Allá está encorvado
con el peso de los años, de las enfermedades y del hálito pestífero
de los hombres; aquí está doncella, inmaculada, hermosa, adornada
por la mano misma del Creador. No, el tacto profano del hombre
todavía no ha marchitado sus divinos atractivos, sus gracias
maravillosas, sus virtudes intactas.
Amigo,
si tan irresistibles atractivos no impulsan a V. a un vuelo rápido
hacia mí, ocurriré a un apetito más fuerte. La amistad invoco.
Presente
V. esta carta al Vicepresidente: pídale Vmd. dinero de mi parte, y
venga Vmd. a encontrarme.
Pativilca,
19 de enero de 1824
BOLÍVAR.

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