Por Damián Estrada
El destino nos privó de conocer al John Lennon gris en canas que
tuviéramos un día como hoy, en el cual cumpliría 76 años, pues su
vida fue interrumpida en 1980 con tan sólo cuatro décadas de vida.
Y es que 40 años le parecería poco al común de los hombres, pero
para una de las personalidades más icónicas de la historia reciente
de la humanidad ese tiempo fue suficiente para dejar una marca
indeleble; un sello propio.
Resulta una tarea complicada encasillarlo en una categoría
específica, pues el nacido en Liverpool además de pertenecer a los
Beatles -la banda musical más exitosa de todos los tiempos- ejerció
como activista, productor, dibujante y/o escritor.
Por ende, el instante en que su asesino, el desequilibrado Mark David
Chapman, apretó el gatillo que dejó a John sin vida, se llevó de
este mundo su cuerpo, pero no pudo extirpar su espíritu rebelde e
inspirador.
Aquel fatídico día de 1980 dejó perplejo a más de uno, tomó por
sorpresa a los que pensaban que sus peculiares gafas, tupida barba y
pelo alborotado durarían por siempre, pero como dice el viejo refrán
The Good Die Young (los buenos mueren jóvenes).
Quizás una de las principales preocupaciones de sus adeptos
alrededor del planeta era en aquel entonces lo inexplicable del
fatídico episodio, todos se preguntaban ¿por qué?
Durante varios años se le atribuía al fanatismo religioso del
asesino, ya que los Beatles de Lennon en un momento se
autoproclamaron -de manera un tanto jocosa- más famosos que el
propio Jesús Cristo.
Esta teoría se mantuvo entre las más manejadas hasta tiempos
recientes, ya que en 2016 Chapman -el cual cumple una sentencia de
cadena perpetua- rompió el silencio y dio unas polémicas
declaraciones.
Según su versión de los hechos, en realidad lo admiraba, tanto que
decidió pasar a la historia como “el hombre que mató a John
Lennon”, un epíteto que consideró una vía para alcanzar la
inmortalidad, o al menos no pasar por la vida desapercibido.
El verdugo se describió a sí mismo como un “psicópata” capaz
de desposar a una mujer asiática con el sólo propósito de emular
la turbulenta relación de Lennon con su última esposa, la
irreverente japonesa Yoko Ono.
Finalmente, Chapman declaró que el día del crimen dudó varias
veces si lo hacía o no, especialmente luego de que el autor del
himno pacifista Imagine se mostrara generoso con él.
Según relata el propio homicida, horas antes del tiroteo el ex
Beatle le había autografiado una copia del libro Double Fantasy y
despedido con un amable “¿necesita algo más?”.
De todas formas, la atormentada mente de Chapman pudo más que su
admiración por el virtuoso británico y le pegó cuatro tiros en la
espalda, justo en la entrada de su casa en Nueva York.
Quizás algún ingenuo pensó que el día en que el ejecutor de uno
de los crímenes más sonados de la historia decidiera abrir la boca
el asunto tomaría algo de sentido.
Pero enterarse que la muerte de uno de los artistas más grandes que
haya existido sólo sirvió para alimentar el ego de un triste
hombre, que en varias ocasiones declaró no sentir remordimiento
alguno, nos hace sentir un tanto impotentes.
Aun así, lamentarse sólo nos aparta de suponer que en un mundo
paralelo John sigue vivo, paseando junto a sus hijos Julian y Sean,
de la mano de Yoko…Imagine.

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